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10 preguntas - 10 respuestas

Dios es Bueno, inmensa e infinitamente Bueno. En cuanto Bueno, creó cosas buenas. Entonces, ¿dónde está el mal y de dónde proviene? ¿Cómo encaja el mal dentro de un universo creado y ordenado por Dios?

Quizá, antes de preguntarnos por el origen del mal, deberíamos preguntarnos por su naturaleza, es decir, ¿qué es el mal? Esto es lo que hace san Agustín, y llega a la conclusión de que el mal no es. El mal, explica, es la ausencia de bien. Y si el mal no es, ya no es preciso discurrir sobre la procedencia de algo que no es. Veámoslo.

Todas las cosas son buenas porque proceden de Dios: siendo el Creador de todas las sustancias sumamente Bueno, todas ellas han de ser buenas. Pero las cosas no son absoluta e inalterablemente buenas, como su Creador, porque no son lo que es El, sino que han sido creadas de la nada. Por ello, adolecen de una radical limitación, mayor o menor según sea su puesto en la escala del ser. Es decir, las cosas son porque han sido creadas por Dios, y por lo mismo son buenas; pero su existencia no es plena porque no son lo que Dios es, pues proceden de la nada, y, por eso, su entidad es limitada.

Incluso la corruptibilidad de las cosas nos hace patente su bondad, pues, si no fuesen buenas, no podrían corromperse. La corrupción es deterioro, daño, vicio, perversión. ¿Se puede dar alguna de estas acciones si no existe algún bien en el sujeto que las recibe? ¿Se puede dañar sin disminuir el bien? Si las cosas fuesen sumamente buenas no podrían corromperse, pues serían incorruptibles; si no fuesen buenas en absoluto, no podrían corromperse, pues no habría en ellas sujeto de corrupción. Luego, es necesario que en las cosas corrompibles exista algún bien, de forma que al corromperse, disminuya en ellas el bien. Pero no puede disminuir en ellas el bien hasta el punto de desaparecer, ya que, entonces, dejarían de existir. Si siguieran existiendo sin posibilidad de corromperse, significaría que son mejores que antes, y habrían alcanzado el inmenso bien de la incorruptibilidad por medio de la corrupción, lo cual es un contrasentido. Luego, es más razonable pensar que si una cosa se corrompe totalmente, dejando de encerrar en sí ningún bien, dejaría de existir; y si existe es porque es buena, tiene algún bien.

Por consiguiente, son buenas todas las cosas que son. Y el mal no es sustancia, porque si fuera sustancia, sería un bien. Sólo cabrían dos posibilidades: que el mal fuera una sustancia incorruptible, lo cual es, sin duda, un gran bien; o que el mal fuese una sustancia corruptible. Ahora bien, esta no podría corromperse si no fuera buena, pues si no lo fuera no podría dañarle el vicio, que no existe sin causar daño. Esto quiere decir que, mientras los bienes pueden existir en cualquier parte solos, como existe el mismo y verdadero supremo Dios; los males puros no pueden existir en ninguna parte, porque las naturalezas en que se encuentran, ya en cuanto naturalezas, son un bien. Una naturaleza en la que esté ausente todo bien no puede darse, de forma que ni siquiera la naturaleza del diablo, en cuanto tal naturaleza, es un mal. Ha sido su perversidad la que lo ha hecho malo, el vicio de su voluntad.

Dios mismo ha creado el mundo visible en toda su riqueza, su diversidad y su orden. Todo lo que ha creado Dios es bueno: el mundo es bueno, la materia y todo lo que ella conlleva es bueno. No hay nada malo en lo que ha creado Dios. Por eso dice la Biblia: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gén 1,31). Y, en otro lugar: “Las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte” (Sab 1,14).

Otra cosa es que el hombre pueda usar mal lo que Dios ha creado en la bondad. Dios ha creado un mundo ordenado y bueno: no hay nada malo en la creación, excepto el mal uso de la libertad por parte del hombre. El mal no está en las cosas sino en la utilización desordenada que hacemos de ellas.

Lo primero que hay que hacer es distinguir entre el mal moral y el mal físico, es decir, entre el mal causado por nosotros mismos y el mal cuya causa está en la naturaleza.

De manera que el origen del mal moral está en nuestra libertad, o, mejor dicho, en el mal uso que hacemos de nuestra libertad, y es, por tanto, responsabilidad nuestra. Aquí podemos hablar de los campos de concentración, del terrorismo, de las guerras, del hambre en el mundo, de la explotación laboral …; y también del egoísmo, de la envidia, del odio, de los conflictos familiares, de la incomprensión, del desprecio, de la intolerancia, y de un larguísimo etcétera.

El origen inmediato del mal físico es la naturaleza. Todo lo material está sujeto al cambio, al deterioro, a la corrupción, a la muerte. En este sentido, el mal físico es inherente a nuestro ser corporal, material, finito, y no podemos evitarlo, al menos no absolutamente. Lo mismo ocurre con los males que se derivan de las fuerzas de la naturaleza: se trata de fenómenos naturales que se derivan de las leyes físicas y que son necesarios para que el universo físico mantenga su equilibrio[1].

Sin duda alguna, el mal más profundo es el que tiene su origen en el corazón del hombre. La prueba más evidente está en el hecho de que se puede sufrir y ser feliz. Sin embargo, no se puede ser malo y auténticamente feliz[2]. La enfermedad, la muerte, las desgracias espantosas causadas por catástrofes naturales son, ciertamente, una fuente inagotable de sufrimientos. Pero el mal que tiene su origen en el odio, en la envidia, en la ambición desmedida, en la crueldad, en el envilecimiento atroz al que pueden llegar los hombres, ese mal que sale del corazón es lo que ahoga la vida del ser humano y lo que se hace más insoportable. Para apoyar esto no hay más que aludir al horror de Auschwitz o de Dachau.

[1] Sin embargo, en el inicio Dios preservó al hombre de los sufrimientos físicos (cfr. Gén.). Luego el mal físico también es consecuencia del pecado, del pecado original, como veremos en el capítulo 8.

[2] LATOURELLE, R., El hombre y sus problemas a la luz de Cristo, Sígueme, Salamanca 1984, pp. 340 y ss.

Hay también quien sostiene que el mal y el sufrimiento son necesarios para que podamos madurar y para que podamos apreciar las cosas buenas de la vida. ¿Puede una persona que nunca ha sufrido alcanzar la madurez psíquica y emocional? ¿Puede alguien que nunca ha tenido grandes padecimientos disfrutar verdaderamente de los momentos de felicidad? El famoso escritor inglés C.S. Lewis sostiene en alguna de sus obras que el sufrimiento es como el cincel que utiliza Dios para irnos moldeando, para hacernos mejores[1].

[1] Cfr. LEWIS, C.S., El problema del dolor, Rialp, Madrid 1999.

La respuesta a esta pregunta es que eso fue, precisamente, lo que Dios hizo: en el principio, Dios creó un mundo sin pecado, tal como nos cuenta el Génesis. Pero el hombre utilizó su libertad para el mal, para el pecado.

Preguntar por qué Dios no creó seres humanos sin libertad para pecar es como preguntar por qué no creó los círculos cuadrados. Un mundo sin libertad sería un mundo sin seres humanos. La libertad es algo que pertenece a nuestra esencia. No puede haber seres humanos sin libertad. Si Dios hubiera creado un mundo sin libertad, un mundo sólo de animales, o de máquinas, ese sería un mundo sin odio, pero también sin amor; un mundo sin pecado, y también sin virtud; un mundo sin sufrimiento, pero también un mundo sin alegría. Dios nos ha dado una voluntad libre para que podamos amar, a Él y a los demás hombres, porque sin libertad no puede haber amor, sólo puede haber necesidad. El amor, para ser tal, tiene que ser voluntario.

Y Dios crea al hombre para que pueda ser infinitamente feliz participando en su vida divina. Esa participación no nos la impone. Nos la ofrece. Dios no nos fuerza a entrar en su vida, sino que nos abre la puerta y nos invita a entrar, pero por esa puerta sólo se puede pasar mediante el amor. Ahora bien, sin libertad no hay amor. Por eso Dios crea al hombre libre: para que podamos amarle libremente.

Dios podía no crearme; pero, si me ha creado, es que me ama. Dios nos ha creado y nos ama, nos ha creado por amor, para compartir con nosotros su amor y su felicidad, para que seamos felices con Él. Y, porque nos ama y lo que espera es una respuesta de amor, respeta escrupulosamente nuestra libertad. El Padre del hijo pródigo le ama y no le puede forzar. Pero le espera con los brazos abiertos.

Claro que, al crearnos libres Dios corría el riesgo de que el hombre utilizara su libertad no para amarle, sino para apartarse de Él; no para hacer el bien, sino para hacer el mal. En ese sentido, podemos decir que el pecado es el precio del amor. Desde el momento en que Dios decide crear al ser humano, racional y libre, estaba asumiendo la posibilidad de que el hombre pecara. ¿Por qué? Porque, como veremos en el capítulo siguiente, Dios es de tal modo bueno y poderoso que puede sacar bien del mismo mal.

Vamos a tratar de plantear el problema con claridad: Dios ha creado al hombre y le ha dotado de racionalidad y de libertad para que pueda elegir libremente su destino. Y Dios respeta de tal manera la dignidad del hombre que no limita en ningún momento su libertad. Ahora bien, Dios tiene un designio sobre la creación y la Providencia divina gobierna todo cuanto existe. ¿Cómo se concilian estas dos afirmaciones? En cuanto al gobierno de Dios sobre sus criaturas, hay que decir que es una consecuencia de la infinitud de Dios: nada puede ocurrir a sus espaldas, de manera que Dios todo lo ve, todo lo dispone o todo lo permite. Esto no quiere decir que absolutamente todo depende de Dios, ni que nos maneje como si fuera un jugador de ajedrez que mueve sus piezas. Porque para la realización de su designio, Dios se sirve también del concurso de sus criaturas[1]. Dios concede a los hombres el participar libremente en su Providencia confiándole la responsabilidad de someter la tierra y dominarla. Es decir, Dios es la causa primera que actúa en y por las causas segundas.

Lo primero que hay que decir es que la vida del hombre no transcurre bajo el peso de un destino ciego, bueno o malo según los casos. La Providencia de Dios no es un destino ciego, ni nosotros somos marionetas en sus manos sometidas ineludiblemente a sus dictados. La Providencia de Dios no es un plan que está colgando sobre nuestras cabezas: no es un “destino”, en el sentido de fatalidad ciega e inexorable. El ser humano es esencialmente racional y libre, de manera que puede elegir responsablemente ente el bien y el mal. Dios no nos fuerza a elegir el bien, ni mucho menos a elegir el mal. Somos nosotros lo que, con nuestros actos y actitudes, vamos dándole un sentido determinado a nuestra vida. La Providencia no es una predestinación que anula nuestra libertad. La Providencia divina es una presencia, una compañía ofrecida al hombre. Presupone, por lo tanto, la entrega del hombre, su confianza y abandono en las suaves manos de Dios.

Claro, que el hombre puede admitir esa “compañía”, esa ayuda de Dios en su vida, o puede rechazarla. Dios no nos obliga a actuar, no nos coacciona, no nos fuerza. Dios nos ofrece su ayuda, pero no nos la impone. Así es como se armonizan la libertad del hombre y el amor de Dios que se expresa en su Providencia.

El hombre es libre y Dios es amor. Ciertamente, Dios actúa en nuestra vida, pero no nos impone nada. Cuando nos confiamos a Dios y le damos la mano, Él nos guía amorosamente por la vida, pero sin violentar nuestra libertad. ¿Cómo es eso posible? Porque Dios actúa con suma delicadeza: actúa amándonos, inspirándonos, hablándonos al oído, suscitándonos ideas y sentimientos, inclinando nuestra voluntad, atrayéndonos hacia sí. A veces Dios interviene en nuestra vida de forma misteriosa y nos cuesta reconocer el modo en que nos ha ido guiando. Otras veces podemos reconocer su intervención a través de las personas que va poniendo en nuestro camino, de los talentos que recibimos, a través de los acontecimientos que nos van sucediendo, de las inquietudes que despierta en nosotros.

Ahora bien, el hombre que se abre a Dios no queda exento de la lucha ni del sufrimiento. El hombre que se abre a Dios y se deja guiar por Él estará sometido al dolor, al fracaso y a las desgracias de esta vida igual que cualquier otro, pero vive confiado y en paz porque sabe que para los que aman a Dios, todo les sirve para el bien (Rom 8,28). Decíamos en el capítulo anterior que Dios creó al hombre libre aún a sabiendas de que iba a pecar, y lo hizo porque, a pesar de todo merecía la pena, es decir, porque es capaz de sacar de nuestros males bienes superiores. Así lo explicaba San Agustín: Dios omnipotente, siendo sumamente bueno, no permitiría en modo alguno que existiese algún mal en sus criaturas si no fuera de tal modo bueno y poderoso que pudiese sacar bien del mismo mal[2].

De ello nos ofrece algunos ejemplos la Biblia, en la historia de José, de Moisés y de Tobías. Y también podemos encontrar ejemplos impresionantes en la vida de grandes santos, como San Ignacio de Loyola, que resultó herido en el asedio de Pamplona y su forzado reposo le permitió leer una serie de libros de espiritualidad que provocaron en él un cambio radical de vida. Un caso similar es el de San Francisco de Asís, que fue hecho prisionero y encarcelado en Perusa a la edad de veinte años, lo cual le permitió revisar toda su vida, hasta entonces vacía y superficial, y convertirse en uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia. Una herida de bala y una estancia obligada en la cárcel son, indudablemente, un mal. Pero Dios estaba allí para ayudar a estos dos hombres a aprovechar esos momentos de dolor y obtener de ellos un bien superior.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 308-314.

[2] SAN AGUSTÍN, Enquiridion XI; ver también La ciudad de Dios, XI,17; I,10,1; JUAN PABLO II, Carta Encíclica Veritatis splendor, 38; SAN PABLO, Carta a los romanos, 8,28.

Creer en la Providencia de Dios no quiere decir que tengamos que interpretar todos los acontecimientos como obra directa de Dios. Es decir, no podemos confundir el plano de la Causa Primera (Dios) y el plano de las causas segundas que producen cada fenómeno particular. Dicho en palabras más sencillas, no hay que caer en el “milagrismo”, ni mucho menos en el “antimilagrismo”. Dios es providente a través de las leyes normales del mundo que Él ha creado (lo cual no quita que haga milagros) y, desde luego, no está constantemente alterando arbitrariamente el curso de los acontecimientos[1].

Ya hemos dicho que creer en la Providencia equivale a creer que Dios puede sacar un bien de las consecuencias de un mal (aunque no por esto el mal se convierte en un bien). Por eso, un cristiano debe vivir siempre confiado en Dios, sabiendo que estamos en sus manos, que nada ocurre sin que Él lo permita y que, siendo como es el Sumo Bien, todo va a redundar en beneficio nuestro. Nada, ni siquiera el mal, escapa a la Providencia de Dios. Por caminos que sólo Él conoce, permite el mal para al final sacar bien de él (cf Gn 45,8; 50,20).

Así, cuando una persona cae enferma, los médicos tratarán de hallar la causa de dicha enfermedad, que podrá ser un virus, una bacteria, el mal funcionamiento de un órgano, o lo que sea. Pero lo que no se les ocurrirá decir es que Dios es el causante de la enfermedad. Cuando alguien se mata en un accidente de coche, la causa puede haber sido un fallo mecánico, un perro que se cruzó en la carretera o una placa de hielo. Lo que no podemos pensar es que Dios puso ahí esa placa de hielo o ese perro para que el coche se estrellara, ni que estuvo manipulando el motor la noche anterior. De la misma manera, ante una desgracia cualquiera, un cristiano no puede pensar que Dios es la causa de ese sufrimiento. Lo que el cristiano debe saber y sentir es que si Dios ha permitido ese dolor o esa desgracia, es porque va a sacar de ahí un bien superior.

De manera que el significado de la Providencia de Dios en el mundo se manifiesta verdaderamente cuando promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre. Este es el contenido fundamental del mensaje salvador de Cristo: el amor de Dios no se deja vencer por el mal, sino que, “vence con el bien al mal” (Rom 12,21)[2].

[1] No estamos negando que Dios pueda intervenir en el mundo cuando y como quiera actuando al margen de las causas segundas, es decir, haciendo milagros, pero no es su forma habitual de proceder.

[2] JUAN PABLO II, Carta Encíclica Dives in misericordia, 6 e, f.

Jesucristo nos invita constantemente a una confianza total, sin reservas, en el Padre del cielo: “Por eso os digo: no andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?” (Mt 6,25-27). La confianza y el abandono en Dios Padre nos tienen que liberar de una vida polarizada en torno a la satisfacción de las necesidades materiales para centrarnos en la búsqueda de lo único necesario (Lc 10,41-42): “Buscad, pues, el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,33).

Y San Pedro insiste: “Descargad en Él todo vuestro agobio, que Él se interesa por vosotros” (1 Pe 5,7). San Marcos, después de narrar la ascensión al cielo de Jesucristo, nos dice que “el Señor cooperaba con los apóstoles” (cf. Mc 16,20). Aquí vemos que Cristo no se desentiende de nosotros ni de nuestros quehaceres. La ascensión no es ni una despedida ni un abandono: Cristo sigue colaborando con nosotros, ayudándonos a llevar adelante nuestra vida, aportándonos la fuerza necesaria para superar nuestras fatigas y nuestros sufrimientos. Jesucristo no se desentiende del drama de los hombres.

La confianza absoluta que debemos tener en Dios no nos dispensa nunca de obrar. La afirmación bíblica de la Providencia universal de Dios no puede degenerar en fatalismo ni en apatía, pues la Biblia afirma reiteradamente que Dios ha creado a los hombres libres y que tenemos el deber de usar bien esa libertad.

Dios no ha creado un mundo perfecto y acabado, sino “en estado de vía” hacia su perfección última[1], y ha confiado a los hombres la responsabilidad de “someter” la tierra y dominarla (cf Gn 1,26-28). Es decir, Dios ha creado el mundo y lo ha puesto en nuestras manos para que lo perfeccionemos. Esa es nuestra misión, nuestra tarea. Tarea que, gracias a nuestra libertad, podemos rechazar o aceptar. Por eso, en la visión cristiana, la historia es fruto de dos libertades: la de Dios, que tiene un proyecto sobre la creación, y la del hombre, que puede colaborar o no a la realización de ese proyecto. La historia es obra conjunta de la Providencia de Dios y de la libertad del hombre: Dios crea el mundo y actúa en él mediante su Providencia; y el hombre con su inteligencia y su libertad debe colaborar con Dios en la perfección del mundo.

Aquí encontramos una diferencia fundamental con el budismo y el hinduismo: para los primeros, el mundo es malo, fuente de sufrimiento, por lo que para ser feliz hay que liberarse del mundo, alcanzar el nirvana. Para el hinduismo, las desgracias son siempre consecuencias de los pecados cometidos en existencias anteriores, por lo que hay que resignarse ante el destino. El Padre Ceyrac, jesuita francés de ochenta y cinco años, que llegó a la India en 1937, expresa claramente esta realidad. Para el hinduismo “la persona misma es una ilusión. Sólo Dios existe. El hombre renace indefinidamente hasta el día en que vuelve a encontrarse con la gran realidad divina en la que se funde. Resultado: en las aceras de Calcuta o de Madrás sólo los cristianos se paran a ayudar al hombre, la mujer o el niño moribundo. El hindú considera que esta persona vive su karma y que de todos modos va a volver a nacer”[2].

Los cristianos, sin embargo, pensamos que todo lo creado por Dios es bueno y que Dios nos ha entregado la creación para que la sometamos y la cuidemos, lo cual equivale a hablar de compromiso, de lucha, de esfuerzo, y no de resignación ni de apatía. Dios nos ha encomendado la tarea de conducir la creación hacia su acabamiento, hacia su perfección: ha puesto todo lo creado en nuestras manos, de manera que su perfección depende de nuestra responsabilidad y de nuestra libertad. Por eso nos exhorta la Biblia a no bajar nunca los brazos ante el mal. El cristiano no puede desentenderse de las realidades mundanas, no puede quedarse “pasmado mirando al cielo”, porque tiene un compromiso en la perfección del mundo. Ya lo hemos dicho antes: la palabra “resignación” no debería formar parte del vocabulario de un cristiano.

El cristianismo es un encuentro con Cristo, que es Dios, y, si ese encuentro es auténtico, debe iluminar la forma de percibir toda la realidad, debe cambiar la forma de pensar y de comportarse, debe impulsarnos a perfeccionar el mundo, a construir un mundo mejor en el que reinen la Justicia y el Amor.

Como dice Juan Pablo II[3], “la creación ha sido dada y confiada como tarea al hombre con el fin de que constituya para él no una fuente de sufrimientos, sino para que sea el fundamento de una existencia creativa en el mundo. Un hombre que cree en la bondad esencial de las criaturas está en condiciones de descubrir todos los secretos de la creación, de perfeccionar continuamente la obra que Dios le ha asignado. Para quien acoge la Revelación, y en particular el Evangelio, tiene que resultar obvio que es mejor existir que no existir; y por eso en el horizonte del Evangelio no hay sitio para ningún nirvana, para ninguna apatía o resignación. Hay, en cambio, un gran reto para perfeccionar todo lo que ha sido creado, tanto a uno mismo como al mundo”.

Pero, ¿hacia dónde debemos conducir el mundo? ¿Dónde está esa perfección última que el mundo debe alcanzar? Esa perfección está en Cristo. “Si el hombre es el sentido del mundo, Cristo es el sentido último de la humanidad. Ni el hombre ni el mundo existen más que por su destinación crística”[4]. Por lo tanto, la misión del hombre no es simplemente acabar la acción creadora de Dios de cualquier manera, buscando un progreso y una perfección meramente material. El hombre debe ordenar su trabajo y su esfuerzo a perfeccionar el mundo conduciéndolo hacia Cristo.

En definitiva, los cristianos estamos convencidos de que la vida del hombre tiene un propósito, un objetivo, una misión. Todos y cada uno hemos sido creados para desempeñar un papel irreemplazable en este mundo: algo hay que hacer que sólo yo puedo llevar a cabo. Esto debería hacernos muy conscientes de nuestra responsabilidad ante Dios, y también de nuestra importancia ante Él. “Somos colaboradores de Dios (1 Co 3,9). Podemos, incluso, atrevernos a decir que Dios, de alguna manera, nos necesita. ¿Hay algo más grande, más valioso que saber que Dios me necesita? Pues eso es lo que debe sentir un cristiano, y no precisamente para alimentar su vanidad sino para reconocer que hay una misión que cumplir y que, aunque el mundo entero nos desprecie, somos importantes para Dios.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 310.

[2] P. CEYRAC en declaraciones a Fe y Razón. La Razón, 8 de abril de 2000, p. 55.

[3] Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, p. 42.

[4] LATOURELLE, R., op. cit., p. 326.

Dios, al crear al hombre libre, asume el riesgo de que elija el mal. Pero eso no quiere decir que Dios quiera el mal: lo permite, porque respeta la libertad del hombre, pero no lo quiere. No sólo no lo quiere, sino que, además, sufre cuando el hombre sufre. En la Biblia se habla del sufrimiento de Dios en numerosas ocasiones: “me da un vuelco el corazón, se me estremecen mis entrañas” (Os 11,8). Entonces, si a Dios le importa tanto el sufrimiento de los hombres, ¿por qué no hace algo por evitarlo?

Dios no puede evitar el mal sin anular la libertad del hombre, y eso no lo hará jamás. Pero no se queda de brazos cruzados observando cómo los hombres nos apartamos de Él para hacer el mal. Nos ama demasiado como para dejarnos abandonados y sin ayuda. Ese amor de Dios por los hombres es lo que le mueve a enviar a su único Hijo para salvarnos, para liberarnos del pecado, del dolor y de la muerte. Ante el pecado del hombre Dios no nos abandona, sino que responde enviando a su Hijo al mundo. Toda la vida terrena de Cristo, desde su encarnación, a su pasión, muerte y resurrección está motivada por el amor. Como decimos en el Credo, todo esto lo hizo “por nosotros y por nuestra salvación”. Esta es la explicación de la vida entera de Cristo.

No tenemos ningún derecho a quejarnos de la lejanía de Dios, ni de su impasibilidad ante el sufrimiento de los hombres, ni de hacer oídos sordos ante el llanto de los débiles e indefensos. Dios nos ama, y, para mostrarnos su amor, elige lo que más nos cuesta entender y aceptar, lo que nos resulta más irritante y absurdo: el sufrimiento inocente. El amor de Dios pasa por la cruz: se deja torturar. Dios se deja matar por nosotros, porque ama el mundo que Él ha creado.

Si miramos a Dios buscando una respuesta ante tanto sufrimiento nos encontraremos con que la respuesta de Dios es Jesucristo en la cruz. La cruz es la respuesta desconcertante de Dios. En la cruz nos encontramos con Cristo desfigurado, roto de dolor, desgarrado, rechazado por todos, maldecido por los hombres: pero sin dejar de amarlos. En la cruz encontramos a Dios que hace suyo nuestro dolor y no nos deja solos en la noche oscura del sufrimiento.

“Si el misterio del mal es indescifrable, el del amor de Dios lo es más todavía”[1]. Desde la cruz Cristo nos revela la locura de su amor y nos invita a volver a la casa del Padre, y sabemos que el Padre está esperándonos con los brazos abiertos.

Cristo no explicó el sufrimiento. Lo compartió con los hombres, lo asumió y le dio un sentido: hizo de él un medio de salvación y de santificación.   La fe en el sacrificio de Cristo en la cruz es la única respuesta válida al problema del mal. Mejor dicho, no es la respuesta sino la “buena noticia”: el amor triunfa sobre el mal. Cristo ha venido al mundo para salvarnos, para librarnos del pecado. Cristo puede hacernos superar nuestras miserias, nuestros egoísmos, nuestras envidias, en definitiva, puede hacer que los hombres dejemos de hacernos el mal unos a otros.

En cuanto al mal físico, no podemos evitarlo pero sí podemos darle un sentido: para el cristiano el dolor tiene un valor redentor, es decir, podemos sumar nuestros propios dolores a la pasión de Cristo tal como decía San Pablo: “Cumplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1,26). Así, por muy injusto e incomprensible que sea el dolor o sufrimiento que nos toque vivir, los cristianos sabemos que no es un sufrimiento absurdo. Cristo no ha venido a suprimir el sufrimiento, ni a escribir una tesis doctoral para explicarlo: lo que ha hecho ha sido darle un sentido nuevo. Asumiendo el dolor y el sufrimiento, compartiéndolo con los hombres, lo ha convertido en misterio de salvación.

El cristianismo, por tanto, no puede suprimir el dolor ni el sufrimiento en esta vida, sólo puede, mirando a la cruz, llenarlo de sentido. Porque la cruz no es sólo una realidad histórica vivida personalmente por Jesucristo, la cruz se ha convertido en ley fundamental de la vida de sus seguidores: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24).

Conviene aclarar, no obstante, que “no hemos sido redimidos a través del dolor en sí mismo, sino por medio de un infinito amor, que se ha manifestado en la aceptación del sufrimiento. Por eso, la aceptación del dolor y de la privación por parte de un cristiano, no se dirige, como es lógico, al sufrimiento en sí, es decir, a la cruz en sí misma, sino a Aquel que ha sido crucificado”[2]. Los cristianos no somos masoquistas ni maniáticos del sufrimiento. El dolor y el sufrimiento no nos producen alegría; sin embargo, somos capaces de vivirlos con alegría porque podemos ver en ellos un medio para unirnos a Cristo. Ya lo hemos dicho antes, cuando el cristiano sufre, si se une a Cristo “completa en su carne lo que falta a la pasión de Cristo” para la salvación de todos los hombres (Col 1,24). Pero conviene no olvidar nunca esto: la cruz sola no es lo que nos salva, nos salva Cristo clavado en ella.

Por otra parte, sabemos que los sufrimientos de esta vida se acabarán y que en el mundo futuro que Dios nos tiene prometido, “pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,3-4). Como dice San Pablo: “Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rom 8,18).

Ahora bien, todo esto no nos puede llevar a una actitud de mera resignación y esperanza en la otra vida. Ya hemos dicho antes que la palabra “resignación” no es lo más propio del lenguaje cristiano para hablar de la actitud ante el dolor y el sufrimiento. Es más bien una actitud propia del Islam y de algunas religiones orientales, y también del paganismo. Toda la cultura romana, por ejemplo, está inundada por el conformismo ante el mal, conformismo que se puede resumir en esta frase que era repetida con frecuencia: “así hallamos el mundo y así lo hemos de dejar”. Pero el Evangelio no comparte esta actitud conformista. El Evangelio cree que el mal puede ser vencido con el bien y, por tanto, lo que levanta no es la bandera de la resignación sino la bandera de la esperanza[3].

Por eso decía Martín Descalzo que “no hay que confundir resignación con aceptación serena de la realidad, siempre que se entienda que la realidad no es una piedra para sentarse en ella a llorar, sino un trampolín en el que hay que apoyar bien los pies para saltar constantemente hacia otra realidad mejor. La resignación pasiva es un suicidio diario. La aceptación cristiana es el esfuerzo diario por levantarse tras un tropezón”[4].

Entonces, la actitud del cristiano ante el dolor y el sufrimiento debe consistir en luchar por superarlo y, cuando no es posible, asociarlo al sufrimiento de Cristo en la cruz y vivirlo como una experiencia salvífica y de plenitud.

[1] LATOURELLE, R., op. cit., p. 353.

[2] BERGGRAFF, J., Santidad y mundo, EUNSA, Pamplona 1996, p. 123.

[3] Hablaremos de esto con más profundidad en el capítulo siguiente.

[4] MARTÍN DESCALZO, Razones para el amor. Atenas, Madrid 1996.