¿Existe Dios?

Todos nos hemos hecho alguna vez esa pregunta. Y quizás no todos tengamos la respuesta clara. Es probable que en ocasiones dudemos. Si eres de los que se hace preguntas y quiere seguir investigando sobre la existencia de Dios, aquí tienes un vídeo con algunas respuestas (y muchas otras preguntas).

10 preguntas sobre la existencia de Dios

La ciencia no puede demostrar la existencia de Dios porque la ciencia, en el sentido moderno de la palabra, vale sólo para las cosas perceptibles por los sentidos, puesto que sólo sobre éstas pueden ejercitarse los instrumentos de investigación y de verificación de que se sirven las ciencias experimentales. Pretender probar en un laboratorio la existencia de Dios equivaldría a reducirlo al rango de los seres de nuestro mundo, lo cual supondría un error metodológico de partida.

No. En absoluto. Por la misma razón que no puede demostrar su existencia, porque el método científico no puede responder a la pregunta por la existencia de un Ser que, si existe, excede completamente los límites de la ciencia. La ciencia debe reconocer sus límites: no puede ni afirmar ni negar la existencia de Dios.

Hay quien piensa que la ciencia, a medida que se va desarrollando, va destruyendo poco a poco la necesidad de creer en Dios, hasta que llegará un momento en que ya podremos explicarlo todo por nosotros mismos, y quedará en evidencia la inexistencia de Dios. Se trata de una concepción cientificista, y, hay que decirlo, bastante simplista, pues cuanto más avanza la ciencia en su conocimiento de las cosas, más se confirma la exigencia de que exista una Inteligencia superior que las ha creado y ordenado.

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Si, sin duda. Dios ha dotado al hombre de inteligencia para que se pregunte por las cosas, para que busque, y encuentre. De manera que, aunque las ciencias experimentales no puedan demostrar la existencia de Dios, los científicos pueden descubrir en el mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser que lo supera. Muchos científicos han hecho este descubrimiento, y en sus investigaciones han encontrado múltiples argumentos para afirmar que la existencia de Dios es razonable.

Así lo expresaba Pierre-Paul Grassé, famoso zoólogo francés: “Si yo he vuelto a la fe ha sido a través de la ciencia, a través de un proceso científico (…). El azar no puede ser una explicación. Es materialmente imposible. Esta opinión la comparten también los físicos: por falta de tiempo y por no haber suficientes combinaciones posibles. Una suma de azares no crea una ley; una suma de azares no crea la adaptación (…)”.

No puede haber nunca desacuerdo entre fe y ciencia. Todo tiene su origen en Dios, y Dios no puede negarse a sí mismo, ni lo verdadero puede contradecir jamás a lo verdadero.

Como señala Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, “No hay motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra y cada una tiene su propio espacio de realización”. “En Dios está el origen de cada cosa, en El se encuentra la plenitud del misterio, y ésta es su gloria; al hombre le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en esto consiste su grandeza”.

La fe protege a la razón de toda tentación de desconfianza en sus propias capacidades, la estimula a abrirse a horizontes cada vez más amplios, mantiene viva en ella la búsqueda de los fundamentos y, cuando la propia razón se aplica a la esfera sobrenatural de la relación entre Dios y el hombre, enriquece su trabajo.

Benedicto XVI propone que para salir de la situación de relativismo en relación con el alcance del conocimiento de la razón, hay que ampliar el concepto de razón y de su uso. Para lograrlo, es preciso que la razón y la fe se reencuentren de un modo nuevo, superando la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y se vuelva a abrir su horizonte en toda su amplitud.

La primera página de la Biblia nos dice que “en el principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1), y a continuación nos ofrece el conocido relato de la creación en seis días. Obviamente, no se pueden interpretar estos primeros capítulos del Génesis de forma literal, pues nos podría ocurrir lo que a Einstein, que perdió la fe a los nueve años cuando comenzó a leer libros de divulgación científica, porque había contradicción entre ellos y el primer capítulo del Génesis.

Pero tampoco podemos pensar que se trata de un mito o de una pura ficción alegórica. Los primeros capítulos del Génesis nos quieren transmitir una verdad, y lo hacen a través de un relato. La verdad que nos quieren transmitir es una interpretación de la historia humana recurriendo al origen. Y es que la cuestión de nuestro origen es tan importante para toda la vida humana que Dios nos ha querido revelar todo lo que es necesario conocer a este respecto. Del capítulo 1 del Génesis podemos sacar tres conclusiones importantísimas: que todo lo que existe es obra de Dios; que sólo Él es creador y que todo lo que existe es bueno y depende de Él[1].

Esto es lo que nos enseña la Biblia sobre el origen del Universo. La Biblia no nos enseña Física ni Astronomía, la Biblia nos enseña lo que no podemos averiguar por nosotros mismos y necesitamos saber para el sentido y la orientación de nuestra vida y de nuestro obrar. Como decía Galileo, la Biblia nos enseña “no cómo van los cielos, sino cómo se va al Cielo”.

[1]Ibid., 290.

Los cristianos no creemos simplemente una serie de proposiciones teóricas acerca de Dios, sino que creemos en Alguien real, vivo, personal, con quien nos relacionamos y nos comprometemos.La fe es un encuentro personal del hombre con Dios en Cristo.

 

La fe no puede ser algo puramente intelectual, porque Dios no es una idea, ni una teoría, sino Alguien que se dirige al corazón del hombre esperando una respuesta, y esa respuesta debe brotar, también, desde el corazón. Pero la fe tampoco se puede reducir al nivel meramente afectivo, sino que implica la entrega de todo nuestro ser a Aquel que nos ha creado y nos ama. En una palabra, es un acto de confianza absoluta.La fe consiste en decir sí a Dios y decir sí al proyecto de Dios. La fe consiste en decir sí a la invitación de Dios, confiarse a Él, comprometerse con Él, dejarse amar por Él y corresponder a ese amor.Confiar en Dios implica estar dispuesto a dejarse transformar y a cambiar de vida, dejando que sea Él quien conduzca nuestra vida. La fe consiste en una disponibilidad total, y en la confianza inquebrantable en Dios, que nunca defrauda, porque es fiel (1 Cor 1,9).

La acogida y adhesión personal a Jesucristo es posible sólo gracias a un don. Ningún hombre puede llegar a tener fe con sus solas fuerzas naturales, por mucho que se esfuerce. No basta con “querer creer”: hay que recibir el don de lo alto. Por eso hay quienes quisieran creer y no pueden. La fe es un don absolutamente gratuito, una virtud sobrenatural infundida por Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, 153).

Por tanto, no puede haber fe allí donde no ha habido una llamada particular de Dios, una atracción que ha resonado en el alma del creyente y lo ha impulsado a acoger la palabra divina. Por eso dice el profeta Jeremías: “Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado, y me has podido” (Jer 20,7).

La acción de Dios no se impone al hombre, sino que requiere una adhesión libre y consciente. La fe es indisolublemente gracia y respuesta libre del hombre.

La fe es, pues, un acto libre, un compromiso libremente asumido, la adhesión voluntaria y libre de todo nuestro ser al Dios vivo que se manifiesta en nuestro corazón. Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad, por lo que quedan vinculados por su conciencia, pero se trata de una invitación, nunca de una coacción. Cristo invitó a la fe y a la conversión, pero no forzó jamás a nadie. “Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino… crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él” (Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 11).

Los que reciben la llamada de Dios pueden aceptarla o rechazarla; pueden abrir su corazón o cerrarlo. Dios respeta nuestra libertad hasta tal punto que se arriesga a ser rechazado y despreciado por el hombre. El que quiera vivir de espaldas a Dios puede hacerlo, aunque haría bien en tener en cuenta que es una decisión que tiene consecuencias eternas, pues el rechazo a Dios no puede ser indiferente, sino que es siempre culpable (Jn 3,18; 8,24; Lc 8,10; Mt 13,11; 2 Ts 1,8-2; 2,10-12; Rm 10,16; 1 Tim 1,19).   Y es importante destacar que nadie pierde la fe sin culpa propia, ya que Dios no abandona a nadie, si no es Él abandonado primero.

La acogida de la fe no es un acto irracional, un abandono irresponsable y ciego. Ciertamente, el contenido objetivo de la fe no es algo evidente ni demostrable, pues si fuera objeto de una demostración racional no sería un acto libre. Pero eso no quiere decir que en el acto de fe se prescinda por completo de la razón. “El creyente tiene, por lo menos, que haber conocido por sí mismo lo bastante para comprender de qué se trata” (Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1997, p. 306).

Si la Palabra de Dios nos resultara total y completamente incomprensible no podríamos ni creer ni dejar de creer en ella. ¿Cómo podríamos creer en Cristo y en su mensaje, si no fuésemos capaces de entender absolutamente nada? No se puede tener fe en algo que carece de sentido. Por eso dice San Agustín que sin previo saber no hay fe alguna, y que nadie puede creer a Dios si no entiende alguna cosa. Y Santo Tomás afirma que “el hombre no podría asentir por la fe a ninguna proposición, si no la entendiese de alguna manera”.

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