¿Cómo es Dios?

¿Es un tirano? ¿Es bondadoso? ¿Es un juez castigador? ¿Cómo es realmente Dios? Nuestra historia, nuestra educación y nuestra cultura nos ha podido influir en la imagen que tenemos de Dios. De Él no podemos saberlo todo, pero si quieres saber algo más, te ofrecemos este vídeo.

10 preguntas sobre la identidad de Dios

Claro que podemos. Porque Dios ha dejado huellas de sí mismo en todo lo que existe – el esplendor y la belleza de la naturaleza, la impresionante complejidad de los fenómenos biológicos, el sentido de lo justo que todos llevamos dentro, la nostalgia de perfección que hay en el fondo de nuestro corazón – y el hombre es naturalmente capaz de descubrir esas huellas y, por ese camino, llegar a Dios.

Es sorprendente pensar que cada vez más nos servimos más de nuestras capacidades para hacernos dueños de la naturaleza y para lograr avances tecnológicos asombrosos, pero ya no nos atrevemos a servirnos de esas mismas capacidades para llegar a Dios.¿Cómo es posible que la inteligencia humana sea capaz de tantísimos progresos técnicos y científicos y no sea capaz de resolver los enigmas que rodean su propia vida? ¿Qué le ocurre al ser humano, que es un misterio para sí mismo? ¿Cómo puede una persona “pasar” por la vida sin interrogarse por la cuestión de su origen y de su fin, del sentido de su vida? Aquellos que ahogan dentro de sí estas cuestiones y renuncian a comprenderse a sí mismos, se autocondenan a vivir una vida menos humana, menos auténtica, más absurda. Quien quiera responder a estas cuestiones no tiene más remedio que comenzar formulando la pregunta sobre Dios: ¿existe Dios?

Creemos que sí, que es posible construir un razonamiento que, basándose en la comprobación de un determinado aspecto de la realidad, (como el devenir, el orden, etc.), conduce a la afirmación de la existencia de Dios como única explicación posible. La más evidente de estas vías o “pruebas” es la del orden. La premisa mayor es que donde hay un orden, tiene que haber una mente ordenadora. La premisa menor es la existencia de un orden en todo el universo. La conclusión es que tiene que haber un ordenador universal.

¿Por qué tenemos que aceptar la premisa mayor, que donde hay orden tiene que haber un ordenador? Porque es algo evidente, y todo el mundo admite este principio en la práctica. Por ejemplo, supongamos que llegamos a una isla desierta y encontramos “S.O.S.” escrito en la arena de la playa. Nadie pensaría que el viento o las olas lo han escrito por pura casualidad. Todos pensaríamos que en la isla hay alguien lo suficientemente inteligente como para haber escrito ese mensaje. De la misma manera, si encontráramos en la isla una cabaña de piedra, con ventanas, puertas y una chimenea, no se nos ocurriría pensar que las piedras habían quedado colocadas de esa manera a consecuencia de un huracán. Todos pensamos inmediatamente en una mente ordenadora cuando vemos un orden.

¿Es posible el orden sin el ordenador? Quizás haya una probabilidad entre dos trillones de que las olas escriban en la arena “S.O.S.” por casualidad. ¿Quién se queda tranquilo con una explicación semejante? Alguien dijo alguna vez que, aunque sentáramos a un millón de monos con un millón de máquinas de escribir durante un millón de años, estadísticamente sería imposible que ninguno de ellos escribiera, por casualidad, El Quijote (P. CARREIRA S.J., Manuel. Hacia la vida inteligente, en Tellemar, Ávila 1991, p. 410). Si El Quijote no puede ser fruto de la casualidad, entonces, ¿cómo podemos explicar el orden del universo basándonos en el azar? No hay más que mirar a nuestro alrededor y comprobar la maravillosa complejidad de la naturaleza para comprender que todo eso no ha podido venir a la existencia por puro azar. Cuanto más avanza la Biología en el descubrimiento de los mecanismos que explican la organización, el funcionamiento y la evolución de los seres vivos, más nos conduce a la afirmación de que esos mecanismos son tan asombrosos y están tan bien dispuestos que han tenido que ser pensados por Alguien.

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Las pruebas de la existencia de Dios de tipo filosófico son, ciertamente, muy interesantes, pero resultan bastante laboriosas y demasiado frías. Es más fácil llegar a Dios con el corazón que con la razón exclusivamente. De hecho, en la mayoría de los casos lo que conduce a afirmar la existencia de Dios son reflexiones de tipo existencial, intuitivo. La realidad misma de la vida cotidiana nos hace experimentar muchas cosas que no entendemos: la muerte, el dolor, el sufrimiento inocente de un ser querido, son experiencias que producen un desgarro en nuestro corazón y reclaman algún tipo de explicación. También el amor, la belleza, la alegría, el anhelo insaciable de felicidad… nos llevan a sentir a Dios.

Si Dios existe, tiene que ser único. La razón nos dice claramente que Dios es infinitamente perfecto. Dios tiene todas las perfecciones en grado sumo e ilimitado. Si no fuera así, podría recibir más perfecciones, pero entonces dependería de aquel que se las diera, y por tal motivo no sería Dios. Por otro lado, si hubiera varios dioses el uno no tendría las perfecciones de los otros, y así ninguno sería Dios. En otras palabras, es imposible que existan dos dioses infinitos, o varios a la vez con la pretensión de ser dioses.

Esta afirmación tiene consecuencias muy serias. Si Dios es Dios, principio de todo, el absoluto total, tenemos que aceptar y asumir que de Él lo recibimos absolutamente todo, y que independientemente de Él no hay nada. Por todo ello Dios no puede ser nunca, para el hombre, una realidad más, ni tan siquiera una realidad superior a las demás realidades. Dios es el centro de la realidad, y, por eso, sólo en Dios podemos encontrar la respuesta a todos los enigmas de la condición humana. Dios es la respuesta a la pregunta sobre el fundamento y el sentido último del hombre y del mundo, porque todo viene de Dios y es de Dios

Los cristianos creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este es el misterio central del cristianismo, el misterio que ilumina y da sentido a todos los demás misterios. Por eso, lo primero que tiene que hacer un cristiano es descubrir que tiene un Padre que le ha creado y que le ama; un Hermano, Cristo, que ha dado su vida por él; y un Amigo, el Espíritu Santo, que le vivifica y le proporciona la ayuda que necesita para hacer las cosas bien.

Porque sabemos que Dios no es un ser solitario, sino que es una Trinidad de personas. Es algo difícil de entender pero, aunque no podamos llegar a descifrarlo por completo, sí podemos comprender lo importante que es este Misterio. Alguno puede pensar que el que Dios sea una Trinidad de Personas es algo irrelevante; pero nadie piensa que la idea de que Dios es Amor sea irrelevante. Y sin embargo, si Dios no fuese una Trinidad, Dios no sería Amor, porque se necesita más de una persona para un amor que no sea un amor egoísta, un amor de sí mismo. Si en Dios sólo hubiera una persona, sólo podría ser amor egoísta. En el mejor de los casos, podría ser un amante de las personas humanas, pero no el Amor en sí mismo. Y en ese caso, dependería de los seres humanos, puesto que sin ellos no podría dejar de ser amor egoísta. Sólo la Trinidad permite a Dios ser Amor en su misma esencia. El Padre ama al Hijo, no se ama a sí mismo; el Hijo ama al Padre, no se ama a sí mismo; el Espíritu es el amor entre el Padre y el Hijo, un Amor de tal categoría que es Persona.

Esta idea la expresa con su habitual sagacidad G.K. Chesterton: “Pues bien, la pretendida aridez del dogma es el único camino lógico de establecer ese hermoso sentimiento. Porque si hay un ser sin principio, que existía antes de que existieran las cosas, ¿qué pudo amar antes del principio, si no había nada que pudiera ser amado? Si a través de toda aquella inconcebible eternidad, Él estaba solo, ¿qué significa decir que Dios es amor? La única justificación de tal misterio es la concepción mística de que en su propia naturaleza había algo análogo a la propia expresión, algo que engendra y conserva lo que ha engendrado. Sin esta idea, es completamente ilógico complicar la última esencia del concepto deidad con una idea como amor” (CHESTERTON, G.K., El hombre eterno, Porrúa, México 1998, p. 236).

Con relación a nuestra vida y a la historia, creer en Dios Amor significa tener la certeza de que ninguno de nosotros es un número ante Dios, que uno por uno somos conocidos y amados con amor infinito por el Padre, fuente de todo amor; por el Hijo, que se hizo hombre por amor nuestro; en el Espíritu Santo, que hace presente el amor de Dios en nuestros corazones. Esto es fundamental. Podemos incluso afirmar que no se puede ser cristiano si no se experimenta de algún modo el amor personal de Dios manifestado en Cristo.

Los cristianos sabemos que le importamos a Dios personalmente, que no somos uno más entre miles y miles de millones de seres humanos creados a voleo por un Dios distraído y ausente. Dios se interesa por todos y cada uno de nosotros y nos ama con un amor intenso, personal, apasionado. Y que nadie piense que estamos exagerando el amor de Dios porque no es así. Dios nos ama, nos quiere muchísimo más de lo que nos queremos a nosotros mismos. Esto debería hacernos reconocer nuestra propia valía personal. La baja autoestima no es cristiana. Cuando caigamos en la tentación de preguntarnos: ¿quién me quiere? ¿A quién le importo? Debemos responder inmediatamente: ¡A Dios! Siempre estamos presentes en su pensamiento, jamás se olvida de nosotros. Esta es la verdad, y conviene no olvidarla nunca: Dios me ama. Su amor me abraza y me envuelve como los brazos hambrientos de un enamorado. Y, si pierdo su amor, será únicamente porque voluntariamente le rechazo, nunca porque Él deje de quererme (TRESE, Leo J., Dios necesita de ti, Palabra, Madrid 1984, pp. 17-25).

Los cristianos no creemos en un Dios juez, que mira desde lo alto de los cielos y castiga, ni en un Dios indiferente a sus criaturas. Los cristianos creemos en un Dios que, por amor, se ha hecho hombre, se ha hecho niño, y nos ha mostrado la ternura y debilidad del amor infinito. Creemos en un Dios que, por amor, ha sufrido el dolor y la vergüenza de la cruz. Creemos en un Dios que, por amor, ha enviado a su Hijo y a su Espíritu para liberarnos de todas nuestra miserias y para guiarnos hacia la felicidad infinita. Dios es Amor: nos ama con amor personal porque es Amor Personal.

Cuando los cristianos llamamos a Dios “Padre” nos estamos refiriendo a tres cosas: en primer lugar, en la Trinidad Dios es el Padre de su Hijo, su Verbo eterno. Dios Padre engendra a su Hijo desde toda la eternidad; y el Hijo es igual al Padre, de su misma Naturaleza, es la Imagen perfecta del Padre.

En segundo lugar, Dios es nuestro Padre porque nos ha creado a su imagen. Dios ha creado todas las cosas y ama todas las cosas que ha creado. Pero el hombre no es una criatura más, sino que es la más perfecta, pues es imagen de Dios. En el libro del Génesis se nos cuenta cómo Dios va creando todas las cosas: dice “hágase”, y las cosas comienzan a existir. Sin embargo, a la hora de crear al hombre, el autor del Génesis nos cuenta que Dios coge barro y moldea con sus propias manos el cuerpo del hombre, para luego infundirle el alma con su aliento. Obviamente, este relato no hay que tomarlo al pie de la letra, pero podemos deducir de él que la creación del hombre es mucho más personal, más íntima y amorosa que la del resto de las cosas. El hombre es la criatura preferida de Dios.

En tercer lugar, los cristianos somos hijos adoptivos de Dios por el Bautismo. El Bautismo nos incorpora a Cristo y nos hace partícipes de su naturaleza divina. El Bautismo nos hace criaturas nuevas y nos permite tener una relación con Dios absolutamente distinta: ya no somos meras criaturas, ahora somos de su familia, “somos de su linaje” (Hch 17,28), sus hijos adoptivos y, por tanto, podemos heredar su vida y participar de su felicidad eterna.

10 preguntas sobre la existencia de Dios

En realidad, nadie puede reprocharle a Dios que no puede ser conocido porque está demasiado lejos de nosotros o porque no se ha molestado en ajustarse a nuestras medidas humanas y a nuestra razón. Porque Dios ha salido a nuestro encuentro y nos ha hablado, se ha mostrado a sí mismo: se ha revelado. Dios se ha acercado tanto a nosotros que ha asumido nuestra propia naturaleza: se ha hecho hombre. Dios se ha hecho hombre para que no andemos dando tumbos buscándole, para que podamos conocerle sin error, para proponernos una relación de amistad. El camino seguro hacia Dios es Jesucristo.

Jesucristo afirma de sí mismo que es Dios. ¿Es un loco, o es verdad lo que dice? Jesucristo ha tenido tal influencia en la historia, ha cambiado tantas cosas y tantas vidas, su figura es tan grande, que no se puede pasar de largo ante Él. No se puede ignorar a Cristo. Hay que tomarlo en cuenta. El gran reto que tienen los ateos no es Dios, sino esa afirmación reiterada y garantizada por tantas pruebas que ofrece el mismo Jesucristo. Y este desafío es aún mayor para los agnósticos, pues ya no pueden refugiarse en la incapacidad de la razón humana para plantear el tema de Dios: Dios se ha hecho hombre, y para llegar a Él sólo tienen que estudiar la historia de Jesús e interpretar el hecho cristiano a la luz de los datos científicos que poseemos”.

A pesar de todo, para llegar a afirmar que Jesús de Nazaret es Dios no basta con estudiar historia, sino que hace falta fe. Por lo tanto, la dificultad persiste. Pero lo cierto es que Cristo es absolutamente original, es único e irrepetible, y no se le puede ignorar.

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